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martes, 22 de enero de 2008

Impresiones de un mexicano.

Les comento: soy mexicano y vivo en este país hace poco mas de ocho años. Conocí a la Nanny en el 2006 y Loncotraro, su casa, hace relativamente poco tiempo.

Pero la historia que quiero contarles no comienza ahí. A reservas de dejar para más adelante las experiencias que viví particularmente en Loncotraro, les quiero presentar una panorámica general de la zona.

En 1999, a pocas semanas de mi llegada a Chile, me llevaron a conocer Villarrica y Pucón. Los amigos que me guiaban deseaban mostrarme los enormes atractivos que ofrece la región para los turistas. Entramos primero a Villarrica.

Villarrica me parecía un lugar de ensueño, llena de esas casitas que mi hija había pintado en sus dibujos infantiles con techo a dos aguas y jardines con flores al frente. Es una ciudad muy pequeña pero llena de encanto. Es un lugar para recorre a pie, disfrutando cada elemento que la conforma. Sus embarcaderos al atardecer son un poema romántico. Caminé por sus calles mirando todo. Descubrí una tienda de zuecos elaborados de madera y cuero de excelente calidad y a un precio bajísimo. Había otros lugares donde se vendían artesanías diversas con motivos mapuches. Cerca del Palacio Municipal, (madera y metal en una estructura arquitectónica hermosa para un sitio de su clase), una Ruca construida de madera y paja me mostraba cómo vivían los antiguos habitantes de la zona. En sus restaurantes se come la comida típica chilena, abundante en mariscos frescos y deliciosos sin faltar las tradicionales empanadas al horno o fritas de “pino” que es un preparado de carne con cebolla y aceitunas negras. Excelente al paladar como sus vinos, que son de una clase muy aparte de todos los demás. Sus Cabernet Sauvignón son increíblemente buenos y a un precio accesible para todos los bolsillos. Los catadores exigentes encontrarán un motivo más que de sobra para venir a probarlos.

Pero mis amigos deseaban que conociera Pucón. Ya desde la carretera el enorme Volcán Villarrica llenaba el horizonte y las innumerables cabañas a la orilla del lago me anticipaban algo grandioso. Me dijeron que en época de verano, (diciembre a marzo en el hemisferio austral) se llena de visitantes, pero en pleno septiembre el movimiento era más que interesante. Y me encontré con un Pucón sorprendente, con calles llenas de turistas venidos de todas partes del mundo, muchos vehículos, tiendas modernas y al mismo tiempo rústicas, infinidad de lugares donde ofrecen al visitante un recorrido en bote por el lago o un emocionante descenso en una balsa de goma, el famoso rafting por los rápidos del Río Trancura que nace en Curarrehue (a unos 15 Km. de Pucón). Restaurantes, hoteles, cabañas, hostelerías, todo para el descanso, la diversión y la aventura. Y por si faltara poco, un Casino con calidad internacional al que acudimos una noche. Nada que envidiarle a los casinos en cualquier otra parte del mundo.

Al poco de estar ahí, una de las primeras cosas que llamaron mi atención fue la enorme cantidad de madera desplegada en casi todo. Hasta las casetas de teléfonos eran todas de madera. Impresionante. Por dondequiera que se posaba mi vista había madera. Las casas, edificios, como digo las casetas de teléfonos, adornos en las calles, anuncios en las tiendas. Mi asombro no tuvo límites cuando vi unas flores hermosas multicolores parecidas a las dalias en diversos tamaños: unas que tenían 10 centímetros y otras enormes de casi 30 de diámetro en la corola. Sí, efectivamente, eran de madera. Los pétalos estaban formados por una viruta delgada como la que queda después de sacar punta a un lápiz. Forman de esa manera las flores y las coloreaban en tonos brillantes: amarillas, rojas, violetas, azules y anaranjadas. Todas eran una artesanía inigualable. Había además claveles, crisantemos, mirasoles (aquí les llaman “maravillas”) diversas variedades de rosas, margaritas y hasta tulipanes. Hermosas a más no poder.

Pucón y Villarrica no se pueden describir en pocas palabras. Hay que estar ahí para entenderlo. Lo supe al dar un paseo en bote por el lago. Es indescriptible. Fue una hora de encanto, con un viento suave y un paisaje que llenaba la vista: nieve en el volcán, azul en el cielo y el agua, verde en los pinos y la vegetación abundante, más allá otros botes con familias enteras y esquiadores levantando fugaces cortinas de agua con sus esquíes. Habiendo dejado recientemente mi adorada Ciudad de México, llena de edificios de cristal y acero, con el Metro repleto de pasajeros calcinados por el calor y las prisas de la vida urbana, me parecía que visitaba el Paraíso. Y así era.

He estado tanto en Villarrica como en Pucón, después de esa primera impresión, tanto por descanso como por motivos de trabajo. No me canso de admirarles. Y créame: si en alguna parte del mundo deseo estar pasando unas buenas vacaciones es ahí. Y de ello hablaré en la siguiente vez que la Nanny me permita venir a comentárselos. Reciban un saludo afectuoso de un mexicano residente en el sur del mundo.

Troy.

PD: Por cierto, me encontré este video que les muestra cómo hacen esas flores de madera que les he comentado.